Gran parte del mundo moderno está orientado a obtener respuestas rápidas, fiables y concisas. Rodeados de datos, algoritmos ultrarrápidos y ordenadores en nuestros bolsillos, es fácil adquirir el hábito de dar respuestas sin pensar.
Pero la innovación requiere plantear buenas preguntas. Las preguntas aclaratorias, elevadoras, canalizadoras y complementarias pueden ayudarnos no solo a resolver nuestros problemas de nuevas maneras, sino también a facilitar la verdadera resolución de problemas y la colaboración. Volver a aprender a ser curiosos, comprometidos y a profundizar más con nuestros clientes, en nuestros proyectos y con nuestros colaboradores nos convierte en tomadores de decisiones eficaces y en innovadores más eficaces.
Debido a que las expectativas en cuanto a la toma de decisiones han pasado de «hazlo pronto» a «hazlo ahora» y a «debería haberse hecho ayer», tendemos a sacar conclusiones precipitadas en lugar de hacer más preguntas. Y el desafortunado efecto secundario de no hacer suficientes preguntas es una toma de decisiones deficiente. Por eso es imprescindible que nos tomemos nuestro tiempo y hagamos más preguntas, y mejores. En el mejor de los casos, llegaremos a mejores conclusiones. En el peor, evitaremos tener que volver a trabajar mucho más adelante.
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